“Blessing and Curse” 07/25/2025
- viviana454
- Aug 13
- 5 min read
Tango Zen Journal – July 25, 2025
“Blessing and Curse”
“Bendición y maldición”
I’m back in Buenos Aires.
Thanks to some unexpected changes in my schedule, I made the spontaneous decision to spend two weeks here. It was unplanned, but deeply welcome. The flight was long, my body protested with every hour, but the moment I stepped out into this city—the moment I heard the music again—I felt alive.
As a mature dancer, what I cherish most is being able to dance like a beginner. Not because I forget everything I know, but because here, I can be fully open—without feeling awkward or energetically mismatched. I’m surrounded by people who understand connection. Here, I don’t have to hold back or try to explain. I just listen, feel, walk… and sometimes, fall in love within a single tanda. I mean it—when I dance here, I feel in love with my partner. Otherwise, what’s the point? If tango doesn’t awaken a sense of love, then why do it at all?
And that’s the blessing: beginner’s mind. Or maybe, Zen mind. Either way, it fills me.
The flip side?
I can’t dance like this in Europe anymore. For about six months last year, I visited many local milongas across Germany and Switzerland—hoping to find resonance. But what I found was an environment I couldn’t let go in. I couldn’t dance fully. It felt more like a sport. People focused on steps, on moves—rarely on music. Emotion was missing. And instead of just walking away in silence, I tried to make a difference. I reached out to local organizers. I offered my experience, my time, my sincere wish to contribute. I sent a number of emails. Not one response—except for a single organizer in Bern, who, as it happens, is originally from San Diego. That says something.
So now, I don’t attend European milongas. With one exception—during Tango Zen workshops. Just last Tuesday at Benediktushof, we held a mini-milonga as part of the retreat. I danced with nearly every follower there. But that dancing wasn’t for me—it was for them. Not for personal joy, but for giving. It was my way of helping them feel what it’s like to dance as a dance. The core message of the workshop is: move from thinking to feeling, from head to heart. And nothing transmits that message more effectively than a silent tanda, one embrace at a time.
Wednesday night, just hours after my 13-hour flight, I found myself at a milonga, quietly taking in the scene. The dancers were moving through the Chacarera—a joyful Argentine folk dance, simple in steps but rich in energy. I didn’t join in; I simply observed. And then something pulled me. A resonance. An energy. I instinctively reached for my phone to capture the moment. If you watch the video, you’ll see something odd: half the frame is the ceiling. There’s nothing “happening” there. But to me, it’s where everything was happening.
That invisible field above the dancers’ heads—it was alive. It was the joy they shared, the pulse of community, the rhythm that united them. Even those unfamiliar with tango could feel something through this folk dance. The steps are simple. The music is clear. But what moves them isn’t choreography—it’s energy. Collective, spontaneous, irresistible.
That’s the energy I’ve developed eyes to see. Not visual eyes—but energetic ones. It’s a blessing. And yes, sometimes a curse. Because once you’ve danced with that kind of resonance, you can’t un-feel it. You can’t pretend elsewhere. You can only return—to where it lives.
So here I am.
Tonight, I look forward to Milonga Remembranza at Lo de Celia.
Saturday, I return to the milonga at Hotel Abasto.
Monday, Milonga de Lucy at Grisel.
Tuesday, Milonga El Maipú, again at Lo de Celia.
Wednesday, I’ll return to the cozy embrace of Milonga Rodríguez.
Thursday, Milonga Lujos at El Beso.
Sunday? I might rest. Or maybe I’ll explore somewhere new.
This is my path—blessing and curse. Yin and yang.
And I wouldn’t have it any other way.
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Estoy de vuelta en Buenos Aires.
Gracias a unos cambios inesperados en mi agenda, tomé la decisión espontánea de pasar dos semanas acá. No lo había planeado, pero fue muy bienvenido. El vuelo fue largo, mi cuerpo se quejaba con cada hora, pero en el momento en que salí al aire libre y escuché la música otra vez… volví a sentirme vivo.
Como bailarín con experiencia, lo que más valoro es poder bailar como principiante. No porque haya olvidado lo que sé, sino porque acá puedo estar totalmente abierto—sin sentirme raro o fuera de sintonía. Estoy rodeado de personas que entienden la conexión. Acá no necesito contenerme ni explicar nada. Solo escucho, siento, camino… y a veces, me enamoro en una sola tanda. Lo digo en serio—cuando bailo acá, siento amor por mi pareja. Si el tango no despierta una sensación de amor, ¿entonces para qué hacerlo?
Esa es la bendición: mente de principiante. O tal vez, mente zen. De cualquier forma, me llena.
¿La otra cara?
Ya no puedo bailar así en Europa. El año pasado, durante unos seis meses, visité varias milongas locales en Alemania y Suiza—esperando encontrar algo parecido. Pero el ambiente no me dejaba soltarme. No podía bailar con libertad. Era más como un deporte. La gente se enfocaba en los pasos, en las figuras—pocas veces en la música. Y casi nunca en la emoción.
En vez de quejarme, decidí hacer algo. Escribí a varios organizadores locales. Ofrecí mi experiencia, mi tiempo, mis ganas sinceras de aportar. Mandé muchos correos. Nadie respondió—salvo uno, un organizador en Berna que, curiosamente, es de San Diego. Eso ya dice bastante.
Así que ya no voy a milongas en Europa. Salvo en una ocasión especial—durante los talleres de Tango Zen. Por ejemplo, el martes pasado en Benediktushof, hicimos una mini milonga como parte del retiro. Bailé con casi todas las seguidoras. Pero esa vez no bailé para mí, sino para ellas. No fue por placer personal, sino por dar. Quise que pudieran sentir lo que es bailar simplemente por bailar. El mensaje central del taller es: pasar de pensar a sentir, de la cabeza al corazón. Y nada transmite mejor ese mensaje que una tanda en silencio, un abrazo a la vez.
El miércoles a la noche, pocas horas después de aterrizar tras 13 horas de vuelo, fui a una milonga. Me senté tranquilo y observé. Estaban bailando la chacarera, una danza folklórica argentina alegre, de pasos simples pero llena de energía. No bailé—solo observé. Y de pronto, algo me llamó. Una resonancia. Una energía. Instintivamente, saqué el celular para grabar el momento. Si ves el video, notarás algo raro: la mitad del encuadre es el techo. No hay “nada” pasando ahí. Pero para mí, todo estaba pasando ahí.
Ese campo invisible arriba de las cabezas de los bailarines… estaba vivo. Era la alegría compartida, el pulso del grupo, el ritmo que los unía. Incluso alguien que no conoce el tango podría sentir algo al ver esa danza folklórica. Los pasos son simples. La música es clara. Pero lo que realmente los mueve no es una coreografía—es energía. Colectiva, espontánea, irresistible.
Con el tiempo, desarrollé ojos para ver esa energía. No ojos físicos, sino energéticos. Es una bendición. Y sí, a veces también una maldición. Porque cuando bailaste con ese tipo de resonancia, no podés olvidarlo. No podés fingir en otro lugar. Solo podés volver—al lugar donde vive.
Y acá estoy.
Esta noche, espero con ganas la Milonga Remembranza en Lo de Celia.
El sábado, vuelvo a la milonga en el Hotel Abasto.
El lunes, Milonga de Lucy en Grisel.
El martes, Milonga El Maipú, también en Lo de Celia.
El miércoles, regreso al abrazo cálido de la Milonga Rodríguez.
El jueves, Milonga Lujos en El Beso.
¿El domingo? Tal vez descanse. O tal vez explore algo nuevo.
Este es mi camino—bendición y maldición. Yin y yang.
Y no lo cambiaría por nada.




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