Molding and Transmission / Moldear y transmitir
- May 1
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Tango Zen Journal - May 1, 2026
"Molding and Transmission"
"Moldear y transmitir" Leer en Español

Tango Zen Journal - May 1, 2026
Molding and Transmission
Two words, one process.
Maria just left after ten days with me—and with Navajo, my dog, who quietly supervised everything with the calm authority only dogs have.
We practiced. We walked. We talked. We walked again. We shared meals, tea, and long pauses where nothing “special” happened—except something essential.
And then, at the train station—right before she got on the train—Maria said something that stayed with me:
“Chan… I feel like you’ve been molding me.”
At first, I didn’t know what to do with that word.
Molding can sound strange—almost heavy. But as she explained, and as I reflected on it afterward, I realized: she was naming the process accurately. She was just using a different language.
Because what I have been trying to do is not to give her “more tango information.”
It’s to reshape the way her whole system responds—her attention, her balance, her timing, her relationship to a partner, and even the moment when the mind wants to take control. Not through pressure. Through repetition, presence, and constant small resets.
In other words: what she called molding, I would call transmission.
You might ask, “What qualifies you to transmit anything?”
That’s a fair question—especially for people outside Buenos Aires.
I didn’t invent this tango from theory. I was shaped by it.
For almost three decades, I’ve been learning from the most demanding “teachers” possible: the milonga floor and the people who carry it in their bodies. Many of my mentors and closest dance partners in Buenos Aires have 30, 40, even 50 years of lived tango. They rarely explain anything. They don’t advertise. They simply dance—and in that dance, something gets transmitted.
Over time, their influence didn’t just change what I do. It changed who I am inside the embrace.
So when I work with someone like Maria, I’m not passing “my ideas.” I’m offering what I received—filtered through my own life, my own practice, my own years of being shaped by the tradition.
People sometimes ask: “What do you even do in that time?”
The answer is simple:
We walk.
We walk in practice posture. We listen to music. We stay with the connection. We repeat—until the body stops trying to “do tango” and begins to respond.
We worked mainly with Di Sarli, Canaro, and Troilo. We haven’t reached D’Arienzo yet. But every day, the same quiet work continued: walking, listening, adjusting—then walking again.
And yes, I told her honestly: this level of detailed reshaping has limits in a group setting. A workshop can open a door. But the fine work—the kind Maria described—usually needs time and closeness.
That’s why I deeply appreciate her commitment.
This path requires patience and persistence—especially when old habits want to return, when the mind wants to compare, and when the body wants to rely on what it already “knows.”
Maria stayed.
And that is the real beginning.
She’ll return. We’ll meet again at Benediktushof in August. And we’re aiming toward Buenos Aires in October—where her journey will meet the source that shaped me, too: experienced partners and the living atmosphere of the traditional milonga.
The story continues.
Stay tuned.
Image: Edgar Degas’ ballerina sculpture (modeled in clay) — The Met, Open Access
Moldear y transmitir
Dos palabras, un solo proceso.
Maria acaba de irse después de diez días conmigo—y con Navajo, mi perro, que supervisó todo en silencio con esa autoridad tranquila que solo tienen los perros.
Practicamos. Caminamos. Hablamos. Caminamos otra vez. Compartimos comidas, té, y largas pausas donde no pasó nada “especial”—salvo algo esencial.
Y entonces, en la estación—justo antes de subir al tren—Maria dijo algo que se me quedó grabado:
“Chan… siento que me estuviste moldeando.”
Al principio, no supe qué hacer con esa palabra.
“Moldear” puede sonar raro—casi pesado. Pero cuando ella lo explicó, y yo lo pensé después, entendí: estaba nombrando el proceso con precisión. Solo que lo decía con otro lenguaje.
Porque lo que yo intenté hacer no fue darle “más información de tango”.
Fue cambiar la manera en que responde todo su sistema—su atención, su equilibrio, su timing, su relación con la pareja, e incluso ese momento en que la mente quiere tomar el control. No con presión. Con repetición, presencia, y pequeños reajustes constantes.
En otras palabras: lo que ella llamó “moldear”, yo lo llamaría transmisión.
Quizás te preguntes: “¿Y qué te califica para transmitir algo?”
Es una pregunta justa—sobre todo para quienes están fuera de Buenos Aires.
Yo no inventé este tango desde la teoría. Este tango me fue moldeando a mí.
Desde hace casi tres décadas, aprendo con los “maestros” más exigentes posibles: la pista de la milonga y la gente que lleva el tango en el cuerpo. Muchos de mis mentores y mis compañeras de baile más cercanas en Buenos Aires tienen 30, 40, incluso 50 años de tango vivido. Casi nunca explican nada. No se publicitan. Simplemente bailan—y en ese baile, algo se transmite.
Con el tiempo, su influencia no solo cambió lo que hago. Cambió quién soy dentro del abrazo.
Por eso, cuando trabajo con alguien como Maria, no estoy pasando “mis ideas”. Estoy ofreciendo lo que recibí—filtrado por mi propia vida, mi propia práctica, y mis propios años de haber sido moldeado por la tradición.
A veces la gente pregunta: “¿Qué hacen en ese tiempo?”
La respuesta es simple:
Caminamos.
Caminamos en postura de práctica. Escuchamos música. Nos quedamos dentro de la conexión. Repetimos—hasta que el cuerpo deja de intentar “hacer tango” y empieza a responder.
Trabajamos principalmente con Di Sarli, Canaro y Troilo. Todavía no llegamos a D’Arienzo. Pero cada día siguió el mismo trabajo silencioso: caminar, escuchar, ajustar—y volver a caminar.
Y sí: le dije con honestidad que este nivel de ajuste fino tiene límites en un formato grupal. Un taller puede abrir una puerta. Pero el trabajo delicado—del tipo que Maria describió—por lo general necesita tiempo y cercanía.
Por eso valoro tanto su compromiso.
Este camino requiere paciencia y constancia—sobre todo cuando vuelven hábitos viejos, cuando la mente quiere comparar, y cuando el cuerpo quiere apoyarse en lo que ya “sabe”.
Maria se quedó.
Y ese es el verdadero comienzo.
Va a volver. Nos vamos a reencontrar en Benediktushof en agosto. Y apuntamos a Buenos Aires en octubre—donde su camino se va a encontrar también con la fuente que me moldeó a mí: parejas con mucha experiencia y el ambiente vivo de la milonga tradicional.
La historia sigue.
Seguimos en contacto.
Imagen: escultura de bailarina de Edgar Degas (modelada en arcilla) — The Met, Open Access
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